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Los pueblos

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Almonacid del Marquesado

Los primeros pasos que se conocen de su historia, aparecen vinculados a la ciudad romana de Segóbriga, ya que por Almonacid del Marquesado pasaba la calzada romana que unía Complutum con Cartago, pasando por Segóbriga.

Tras la invasión musulmana, la repoblación de este núcleo se llevó a cabo durante los asentamientos cristianos del alfoz de Huete o tras la toma de Zafra y Alarcón; no se sabe con exactitud si fue en la Primera etapa repoblativa (1126-1157) o en la Tercera (cuando se trataba de alejar las fronteras musulmanas).

Más tarde, la aldea de Almonacid pasó a pertenecer al Marquesado de Villena, de donde le vino su segundo apelativo. A finales del siglo XVII, Almonacid pertenece al Marqués de Alconchiel.

Almonacid cuenta actualmente con un censo de casi seiscientos habitantes. Ha sido y es un pueblo eminentemente agrícola. Se cultiva trigo, cebada y girasol principalmente, el olivo se destina a uso personal y los viñedos han ido desapareciendo. Existen algunas pequeñas industrias dedicadas a la forja, carpintería metálica y madera.


Información:

Destaca su fiesta de La Endiablada, reconocida como fiesta de Interés Turístico Nacional desde 1969.

El municipio de Almonacid del Marquesado celebra la Purificación de la Virgen, hecho conocido popularmente como La Candelaria, el 2 de febrero, y también conmemoran a San Blas, el día 3 de febrero.

En este municipio, a diferencia de otros, se hacen fiesta las dos jornadas. En realidad, sus vecinos viven todo el año en preparativos, pendientes de que lleguen estos frescos días invernales en que visten gorros de colores, máscaras, trajes estrambóticos, correajes y cencerros. Una vez así dispuestos, salen a la calle en la fiesta denominada “La Endiablada”.

En cuanto a la interpretación sobre el sentido de este desfile callejero, existen varias versiones. Una de ellas se refiere a que el papel de los diablos es ahuyentar al auténtico Satán, al que distraen con sus aspavientos para que no pueda atacar la pureza virginal de María. Por extensión, el acto se debió de ampliar, en algún momento histórico, a San Blas, puesto que la celebración es similar, salvo el cambio de gorro: redondo y con flores el día de La Candelaria, en forma de mitra episcopal el de San Blas.

El momento cumbre, en ambos casos, es la procesión, por la mañana, cada una en su día. Los diablos van delante de la imagen, en dos filas, a los lados de la calle. Actualmente pocos llevan máscaras, pero sí conservan la porra estrambótica, rematada con alguna figura monstruosa, que agitan en sus manos. A lo largo del paseo procesional en torno a la iglesia hay unos momentos de extraordinaria importancia y significado incomprensible, cuyo sentido real permanece en el alma de los diablos. De pronto, uno de ellos arranca en veloz carrera hacia la imagen, con los brazos extendidos, en una especie de súplica u ofrecimiento; los demás le siguen o no, según los sentimientos de cada cual en ese instante, formándose así una peculiar rueda, que llega a alcanzar los límites del paroxismo. A la extraordinaria visualidad de esta escena, hay que añadir el ensordecedor e ininterrumpido batir de los cencerros sobre los costados de los diablos. La escena se repite luego en el interior de la iglesia, durante la misa. El espectáculo se completa con una serie de danzas en la plaza, a cargo exclusivamente de mujeres, quizá para compensar el hecho de que sólo los hombres pueden formar parte de esta tremenda e impresionante Endiablada de Almonacid.

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Última modificación 13-02-2014 16:39